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Normalidad política y sostenibilidad económica

Normalidade política e sustentabilidade econômica Estimado lector, necesito hacer una confesión estoy feliz con el momento político que estamos atravesando. No, no iré más allá, no revelar mis preferencias políticas y ni en quien he votado en los últimos comicios. Hasta porque se trata de un dato irrelevante, pues mi militancia es por la democracia.

Cultivo mi creencia más en las instituciones que en las personas otorgadas por mandatos para conducirlas (confieso que muchas veces, lamentablemente, me contento con la esperanza), creo en el sistema de pesos y contra pesos, en la libre empresa, en la independencia de los poderes y en los beneficios de la profilaxis que la libre prensa nos trae.

Por ejemplo, en el escándalo británico de la práctica ilegal de los clips telefónicos colocados por un vehículo de los medios, el denunciante no fue el Estado o un órgano similar a nuestro Ministerio Público, pero la propia prensa que, equipada con libertad total, (en ese caso todos los honores al valiente periódico The Guardian, el mismo de las publicaciones de Wikileaks) y, finalmente, en el fundamento donde la sociedad civil es servida por el estado, y no al revés.

Naturalmente, es bastante histriónico el contexto en que, en ocho meses de gobierno, se produjeron tantas sustituciones ministeriales (hasta ahora fueron cuatro), pero el hecho es que cuando observo a la jefa del ejecutivo enfrentando conflictos políticos en su propia base de apoyo, (…), distendiendo las tensiones con la oposición, reconociendo las obras de grupos políticos antecesores y luchando con dificultad para emplacar sus proyectos y hacer efectivas sus faxinas internas, veo a un líder normal, bien intencionado y aplicado (dicen que en su gabinete, generalidades y no profundización en los asuntos resultan en ejemplares tirones de oreja).

Como cualquier líder dentro de la normalidad, ella convive con aciertos y errores, tendrá algunas promesas de campaña cumplidas y otras no. Sin grandes espectáculos, menos personaje, más servidora pública elegida. Se trata, por lo tanto, de la normalidad.

No es mía la máxima donde la democracia no se constituye en un régimen a prueba de imperfecciones, pero entre las otras opciones es la mejor de todas. Y es importante entender que en democracias y economías sostenibles, plenas y verdaderas, sus líderes son así, exactamente como la descripción arriba, comunes y humanos.

Sin embargo, evidentemente, esta constatación no significa que no puedan ser cobrados, acusados ??y presionados por un mejor desempeño por parte de los contribuyentes, lo que es sano y necesario.

En economías sostenibles y regímenes democráticos estables y libres, la gran fuerza está en sus instituciones, en la libertad de expresión, en el periodismo que investiga e incomoda gobiernos, en el compromiso de la sociedad civil y en el poder de reciclaje y permanente corrección que este sistema propicia.

Es justamente con este modelo que se evita desastres económicos, sociales y políticos. Es la falta de él que históricamente atrajo las grandes molestias de la humanidad, las grandes guerras, la miseria, el terror de estado.

Winston Churchill fue un descrédito político y eclipsado por fallas administrativas resonantes antes de convertirse en el líder que condujo Inglaterra – frente a oponentes, aislacionista y también cometer errores y éxitos – en el momento más crítico y peligroso de su historia reciente (setenta y dos años no lo hacen es nada en el proceso histórico).

La lógica que defiendo convoca una observación a largo plazo, muy distante del inmediatismo que fragiliza gigantes económicos. Muy diferente de personajes políticos mitológicos, con sus actuaciones meticulosamente trabajadas, con su sede para reescribir la historia después de su llegada.

Creo que los líderes comunes, tal como los describí en este artículo, más valerosos, sólidos, verdaderos y mucho más confiables. ¿Y tu?

Hasta el próximo. Foto de sxc.hu.

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