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Las ilusiones corporativas y los peligros de la zona de confort

As ilusões corporativas e os perigos da zona de conforto Por Gustavo Chierighini, fundador de Plataforma Editorial Brasil.

Queridos lectores, después de una cierta vivencia, y después de haber asistido (y sufrido las consecuencias en la propia piel) al conjunto de crisis y turbulencias económicas que el sistema capitalista ha generado en los últimos quince años, la conclusión que queda es que, si hay un cierto beneficio en los grandes vendavales -y pienso que sólo aquellos bien fuertes poseen esa prerrogativa-, es justamente el de producir la disposición para cuestionamientos hasta entonces fuera de la escuadra.

La comodidad de la vida en la zona de confort
Cuando todo va bien, o cuando las crisis se resuelven sin grandes complicaciones estructurales, la sensación dominante de la capacidad natural de los agentes en superar eventuales turbulencias siempre prevalece. Al final, para los menos críticos (o más crédulos) funciona como la comprobación de la perfección del sistema, que se autocorrige y es capaz de concebir las propias soluciones.

La impresión de que cualquier proposición de reformas más robustas y enfoques que amenacen la muralla que protege el castillo del sentido común suenan como precipitación o escasez. Con eso, y en esa cadencia de causa y efecto, se construyen las nuevas torres de ese castillo tan protegido. En su defensa, en lugar de arqueros, los eternos lugares comunes.

¿La realidad o qué quieren que creemos?
En vez de fosas con cocodrilos hambrientos, modismos y más modismos. Para aquellos que optar por vivir dentro de la fortificación, las leyes son rigurosas. ¿Cuáles son las características del modelo? De ninguna manera. Revisar conceptos ampliamente establecidos? Ni de broma. Pensar por cuenta propia y en ausencia de los gurús del “bobajal”? Nunca! Y, así, la vida sigue, aparentemente tranquila, con una acefalia aquí, otra allí.

En medio del camino, algunas “torres” son mejor defendidas que otras. Son torres conceptuales, cuyo núcleo jamás puede ser cuestionado. Pero, con el tiempo y los acontecimientos, tales torres no resisten a los hechos y los temidos nuevos enfoques empiezan a atravesar la muralla.

El ejemplo de la empresa de capital abierto, “sin dueño”
Uno de esos enfoques, de la que comparto y sobre el que empiezo a escuchar voces convergentes a defenderla, trata del descompromiso que el sistema profesional de gestión puede inculcar en una compañía abierta. Ofrezco el reconocimiento de que, independientemente de eso, algunas culturas organizacionales de hecho logran ofrecer el blindaje a ese tipo de riesgo.

Pero el problema, como sabemos, es que una fila de dominós no puede resistir íntegramente de pie cuando uno de ellos lleva un tono. Algunos permanecen firmes, pero muchos van al suelo sin ninguna resistencia. ¿Qué decir de la creencia común de que una empresa inmune a la estricta supervisión de un “dueño”, pero sujeta a la gestión de un profesional con mandato es menos susceptible a las desviaciones de conducta?

Reconozco que, en la mayoría de los casos en que se produjeron los fraudes, una o dos ovejas de la pala, desatando de la mayoría de sus colegas, hicieron todo el servicio. Pero, observe que así como en la analogía con el dominó, bastaron uno o dos elementos para que la fila descambiese en un remolino de acusaciones, investigaciones criminales y desesperación jurídica. ¿Y las acciones? Bueno, como siempre se derrumbaron en conjunto con la reputación de auditorías y agencias de calificación.

¿Y el caso del profesional que salta de empresa en empresa?
Otro “lugar común” corporativo, poco relacionado con las reglas de gobernanza, pero con impacto directo en la alta media y media gestión, tanto en empresas de capital abierto como en aquellas que permanecen cerradas, trata de la inestabilidad profesional como concepto de posicionamiento y afirmación de ” “competencia” o “agresividad”.

He escuchado una vez de un headhunter sobre su renuencia a indicar candidatos que hayan trabajado en la misma compañía por más de tres años. Para él, eso era señal inequívoca de acomodación, incompatibilidad a los nuevos tiempos y afirmación de un perfil retrógrado.

A parte la total inexistencia de cualquier métrica, de cualquier fondo metodológico o científico en el sentido de la exploración psicológica del tema, para este cazador de ejecutivos faltó también el mínimo de sentido común. Para él, poco importaba la dinámica de carrera de estos candidatos a lo largo de los cuatro, cinco o diez años de permanencia en sus posiciones actuales o anteriores.

No importaba si habían realizado proyectos de principio a fin, si a menudo se expusieron a nuevos y ricos desafíos y menos aún si supieron soportar y administrar presiones por períodos largos, como reflejo de un sentido de responsabilidad apurado. No, la calidad del período de permanencia no ofrecía el menor indicativo de nada. Lo que importaba era la ciega repetición de los manuales y de la retórica en boga.

El artículo es el tono provocador, sino porque creo que hay que aprender a pensar y crear por su cuenta. No es fácil, después de todo no hay un castillo bien defendido sin un ejército inteligente; y, aun cuando esto existe, siempre podrá haber un caballo de Troya tripulado por una turba de ilusionistas del sentido común tratando de complicar las cosas. Es necesario resistir. E insistir.

Hasta el próximo.

Las ilusiones corporativas y los peligros de la zona de confort
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