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La política y usted la omisión nunca será lucrativa

A política e você a omissão jamais será lucrativa Estimado lector, desde muy temprano en la jornada profesional, sea ella en el mundo corporativo o empresarial, aprendemos el valor de la iniciativa. El valor de la no pasividad, la aversión al confortismo. Con eso, a lo largo del tiempo se fue construyendo una cultura de activismo en el trabajo, donde los acomodados pasaron a ser (evidentemente que siempre fueron) etiquetados con el sello del bajo potencial. Por otro lado los profesionales considerados como activos fueron seleccionados para ser la punta de lanza en un universo de implacable competición.

Estos últimos, también etiquetados, recibieron un sello diferente, cargando en la espalda la responsabilidad por los riesgos, las derrapadas y las trombadas. Sí, la vida de esos abnegados no es nada fácil y uno de los mayores riesgos que enfrentan es justamente el del no reconocimiento. Pero aún así, valientes, decidieron protagonizar y con eso alimentar el pavor de ser coadyuvantes.

Recientemente, ese ser activo, intrépido y voluntarioso – aquí excluyo a los acomodados de siempre, pues de estos poco se espera incluso – pasó a cargar, en la misma espalda donde se alojan sus rótulos, algunos pesos extras. Entonces, poco a poco, no bastaba más tener iniciativa, era necesaria también la conciencia socioambiental. No bastaba tener más valor para tomar decisiones y disposición para trabajar once horas al día, era importante también dedicarse a algún trabajo voluntario.

No bastaba arcar con la tradicional fuerte tributación brasileña (siempre acompañada de la tradicional falta de retorno en servicios públicos de calidad), sino también tratar, no sólo con su brutal crecimiento, sino también con la ecuación inversamente proporcional de la caída acentuada en la calidad de los mismos utilidad.

En consecuencia, frente a tantas cobranzas y atribuciones, y seguro de su legítimo (y bienvenido, aprovecho para dejar bien claro) empeño socioambiental -si no en trabajo voluntario, al menos en sensibilidad al tema-, poco a poco se distanció del universo donde las grandes decisiones con impacto directo en su vida privada, familiar y empresarial son tomadas el universo público-político.

La política. Quiera o no, es en ella que la decisión sobre los impuestos que usted paga se toman. Es en ella que, por descuido o conveniente olvido, ninguna decisión o iniciativa es tomada para mejorar los servicios públicos por los cuales usted paga.

No es en otro lugar que, de vez en cuando, surge la idea “brillante” de crear mecanismos de censura a la prensa, para que usted no pueda acompañar en profundidad (y quizás ni siquiera saber de la existencia) escándalos y desvíos efectivos con el dinero pagado con el dinero pagado sus once horas diarias de trabajo.

Es allí donde surgen las determinaciones con fuerza de ley que influyen en la forma como usted debe o no criar a sus hijos. Es allí que, se vuelve y se mueve, surge la idea de un nuevo impuesto, una nueva tasa, una nueva obligación para su día a día tan tranquilo. Es allí que, por displicencia, la competencia desleal, y eventualmente ilegal, puede simplemente no ser debidamente reprimida.

Evidentemente, la preocupación y el compromiso medioambiental son no sólo legítimos y bienvenidos, sino también necesarios. De la misma forma, el trabajo voluntario es necesario, incluso porque existen circunstancias de emergencia – es muy loable que alguien tenga el desprendimiento de dedicarse a eso, sin preocuparse por el retorno, sino el de convivir en una comunidad más equilibrada y justa .

Sin embargo, me gustaría señalar que estas personas, la iniciativa, los protagonistas cuya saga tratado de describir el principio del texto, no se omiten de la política, causas públicas en general. Vivimos, felizmente, en una democracia, pero es fundamental comprender que su fuerza crece o decae en la proporción de nuestra participación, de nuestra indignación.

Están en los públicos y no en los institutos empresariales las fuerzas políticas necesarias para aplacar, si no definitivamente o al mismo en gran parte, las molestias sociales que presenciamos en nuestro cotidiano. El mundo empresarial tiene gran parte de los recursos, voluntad, además de competencia gestora de sobra.

Pero no nos engañemos. Los grandes foros de decisión que realmente pueden convertir a este país para afrontar los retos del futuro, con una salud pública razonable, un mejor modelo educativo, desarrollo tecnológico-científico y las condiciones para el desarrollo industrial y de servicios de valor agregado (y no sólo extractivista ), están en los gabinetes cafones de nuestros administradores y parlamentarios electos, y no en los bellísimos condominios corporativos.

Hasta el próximo.

Foto de sxc.hu.

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