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¬ŅCatastrofismo o optimismo generalizado? ¬°Ninguno de los dos!

Catastrofismo ou otimismo generalizado? Nenhum dos dois! Hace mucho tiempo que no presento un momento de tanto optimismo y confianza en el futuro económico de Brasil como ahora. Algo que toca fondo, principalmente para personas que, como yo, vivieron las consecuencias del castigo en la deuda externa, la inflación galopante y la mendicidad nacional ante las “naciones del primer mundo” durante las crisis de los países emergentes a finales de la década de los 90 y principios de este siglo.

Se trata de experiencias trágicas sin duda alguna, pero de un aprendizaje marcante-tal vez lo más importante es el de recibir con desconfianza el sentido común.

En estos episodios que describí, el sentido común, reforzado por analistas renombrados, desconocidos y también aquellos de última hora locos para explorar los espacios disponibles por los medios era algo que bordeaba la catástrofe total.

Me recuerdo, como si fuera ayer, de un mega inversor [Bb] internacional advirtiendo a todos que el Real iba a estallar, que corríamos el riesgo del retorno de una inflación galopante y que la imagen de filas para comprar alimentos en el país sería muy común. Pues es, como se sabe, nada de eso sucedió.

Brasil se enfrentó al mar revuelto, con una u otra vela que se rompió, necesitó ajustar la ruta, retrasó el cronograma de navegación, pero, al final de cuentas y no sin arañazos por parte de la tripulación y pasajeros, las adversidades fueron siendo superadas poco a poco. Hoy se ha convertido en historia del pasado; y el infortunio de aquellos que administraban el país se convirtió en una pieza de marketing [Bb] elecciones.

El tiempo pasó, la estabilidad económica se solidificó y, cuando creíamos que el barco navegaría en aguas tranquilas ya todo vapor, nubes negras, esta vez venidas del hemisferio norte, nos envolvieron una vez más en la red del sentido común, donde analistas domésticos y de todo el mundo, incluso considerando nuestra posición privilegiada (la escuadra Bric), alertaban para la obviedad de nuestras evidentes fragilidades. Y una vez más el noticiero fue tomado por el pesimismo generalizado. Aquí me refiero a la crisis de 2008.

Hoy, después de todo esto y ante tanto y generalizado optimismo, percibo que me convertí, digamos, un ser económicamente desconfiado. Me quedé vacunado contra el catastrofismo, pero confieso que me asusta ese (una vez más él) sentido común de que navegaremos en un océano de oportunidades con viento de popa, potenciado por los eventos deportivos mundiales que acogeremos en los próximos años.

Peor, parece que una vez más aplazar, impunes, la realización de reformas estructurales, tales como la previsional, la tributaria y la política. No quiero, créanse, ser el desgano placeres de ese viaje, avistando “icebergs” allí en el horizonte (lo que de hecho no tiene sentido) ni siquiera las tempestades a estribor. Pero, una u otra nube más oscura que lo normal, bien, necesito ser sincero, esas sí, puedo ver con facilidad.

Foto de crédito a freedigitalphotos.net.

¿Catastrofismo o optimismo generalizado? ¡Ninguno de los dos!
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