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Mi «No» para el falso Marketing Multinivel

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Pirámide-post Tiempos atrás, me pidieron opinión sobre la inversión en ciertas empresas de marketing multinivel. Ante la fiebre que se instaló, yo hasta recibí invitaciones para ingresar en esas «redes». Ya he visto personas que se abordan en pleno centro comercial, por ejemplo. Muchos aplicaron sus ahorros y vendieron sus mercancías para entrar en el negocio, pero no puse un centavo en eso y en mi primer artículo para el Dineroma, voy a decir por qué.

Cuando invertimos, siempre debemos evaluar al menos tres criterios: rentabilidad, liquidez y seguridad. A lo largo, el primero se refiere a cuánto va a ganar a lo largo del tiempo, el segundo se refiere a cuando el dinero va a su mano y el tercero al riesgo de que todo no se realiza.

La relación entre rentabilidad y riesgo es directamente proporcional. Cuanto mayor sea el retorno, mayor será el riesgo, y viceversa. Normalmente, alternativas que presentan promesas de ganancias muy altas también presentan riesgos elevados de no concretarse. Una buena inversión es, por tanto, aquél en que estos tres criterios están, en cierto modo, balanceados. Al considerarlos, la alternativa no me pareció suficientemente interesante.

Otro punto que me llamó la atención fue la desproporcionalidad entre costo y beneficio, siendo el segundo bien mayor que el primero. En la economía, las relaciones se basan en intercambios. Usted paga un precio y recibe un servicio o un producto, ofrecidos por las empresas que tienen en ese papel su fundamento mayor.

Este precio tiene una cierta proporcionalidad con lo que usted recibe, en función de su utilidad. En la propuesta que me fue presentada, en la práctica yo aplicaría una cantidad y recibir de vuelta productos y más dinero. Los productos tendría que venderlos, lógicamente, pero de dónde vendría ese dinero? ¿Y quién estaría pagando?

No me pareció una compra convencional, tan poco una aplicación financiera. Hasta porque una aplicación en el mercado financiero se hace en una institución insertada en el Sistema Financiero Nacional. Ellas son fiscalizadas y conviven con una legislación específica. Las empresas en cuestión no tenían ese perfil.

Si vendiera los productos de la empresa, entonces sería un colaborador. Estaría invirtiendo mi trabajo de una manera informal por cuenta y riesgo mío, sin ninguna garantía laboral. Por otro lado, si yo fuera inversor de la empresa, no estaría comprando cuotas, acciones o debentures que garanticen mi retorno. ¿Qué estaría adquiriendo efectivamente?

Ese fue otro punto que me hizo rechazar: una confusión de roles. No era de cliente, no era de colaborador, no era de inversor, pero todo eso junto sin estar muy claro. Muy comercialización y poca consistencia financiera. No he comprobado si las empresas practicaban el antiguo e insostenible esquema de pirámide. No fue necesario. Bastó conocer la propuesta para ver que ella no me interesaba.

El tiempo pasó y aparecieron las primeras malas noticias sobre estas alternativas. Miles de personas se lesionan. Fortunas concentradas en las manos de pocos sin que eso traiga beneficio social alguno. Pérdidas fiscales y reducción en la captación del ahorro en muchos casos. Daños al sistema financiero ya la economía popular. Crimen.

Todo ello sucediendo con el pequeño inversor. Los golpes financieros normalmente se aprovechan de la inercia gubernamental, de la desinformación de las personas y del anhelo de ganar más que los otros – la mayoría de las veces, sin el esfuerzo correspondiente. En ellos, pocos salen ganando las costas del perjuicio de muchos. Mejor no quedarse en ninguna de estas dos opciones.

Foto de freedigitalphotos.net.

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