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Manifestaciones: la búsqueda por un Brasil digno de orgullo

No sé usted, querido lector, pero he visto y leído muchas opiniones contrarias a las manifestaciones. Las voces disonantes alegan que falta a los ciudadanos en las calles definir objetivos claros, una agenda de exigencias y también líderes capaces de negociar.

Entiendo que es difícil liderar a quien no comparte los mismos sentimientos en relación a las reformas tan necesarias, pero no creo que éste sea el caso de Brasil representado por los movimientos actuales.

No puedo hablar por los demás, pero yo protesté y sigo protestando por razones obvias, ya batidas y, estoy seguro, presentes en los pensamientos de mucha gente. No se trata de criticar a este o aquel gobierno, una sigla o la figura de un político cualquiera. Los cambios pasan por eso, es cierto, pero son más profundos. Son de orden ciudadana.

Es ridículo tener que pagar 53% de impuestos en un litro de gasolina, más IPVA, y aún así andar en calles y caminos de pésima calidad, muchas de ellas todavía de bloquetes y adoquines. ¿Qué decir de los caros peajes cobrados para usar las carreteras que mi dinero ha construido y que el gobierno no tiene competencia para mantener? En el caso de que el transporte público de calidad e infraestructura sigue siendo meros sueños.

Es un absurdo encontrar escuelas y hospitales en condiciones deplorables mientras vemos salarios de políticos aumentar en línea con la hinchazón de la máquina pública. Un país cuya clase política más importante gana cerca de 20 veces más que el ingreso per cápita promedio no puede considerarse serio cuando habla de erradicar la pobreza y disminuir la desigualdad. Y sin educación y sistema de salud de calidad es imposible crear las condiciones para que nuevos ciudadanos brillen y lleven consigo el desarrollo de la nación.

Es lamentable notar que los gastos públicos con personal se han llevado a niveles absolutamente innecesarios y de una forma irresponsable. Piense en cuántos funcionarios incompetentes mantenemos en las más diferentes funciones de gobierno y que no se pueden mandar. ¿Cómo administrar y ser responsable con la gestión ante una realidad así? Sólo en el discurso, como ya se ha hecho muchos gobiernos.

Es desalentador abrir y mantener una empresa, especialmente porque tenemos una legislación laboral atrasada y paternalista, lejos del necesario equilibrio entre deberes y derechos de empresarios y empleados, algo fundamental para permitir más crecimiento y oportunidades para todos. Añade a ese cuadro una burocracia desconcertante y una carga de impuestos absolutamente confusa y el resultado es descuido con el deseo emprendedor. ¿El resultado? Los concursos públicos se convirtieron en «tabla de salvación».

Es triste no poder circular con tranquilidad y tener derechos simples revocados porque no hay garantías mínimas de seguridad – basta recordar que la solución para disminuir los hurtos tipo «sayinha de banco» fue prohibir al ciudadano de usar el teléfono móvil y no más policiamiento y rigor con el bandido. Hay que salir a las calles con miedo y presenciar la corrupción como si eso fuera normal.

Es decepcionante constatar que robar y actuar de forma corrupta y contra el interés público se ha convertido en parte de una profesión lucrativa y de gran influencia en la política. Me duele mucho saber que nuestros representantes nos asaltan, sin pudor y de forma descarada. La impunidad duele aún más. Los valores y principios se banalizan y la ciudadanía toma aires de cartilla, lo que deseduca y destruye los lazos que necesitan existir entre el pueblo y sus representantes.

Es cruel la relación entre el importe de impuestos que pagamos y la contrapartida del beneficio público por ellos generados. Las desviaciones y la falta de prioridades son problemas crónicos que vienen de largo. ¿Qué decir de los intereses, una verdadera fiesta del dinero paga con el esfuerzo del ciudadano? Mientras estamos incentivados a consumir para hacer que Brasil crezca, el Estado hincha sus cuadros (nosotros pagamos la cuenta) y las instituciones financieras se vuelven más ricas (nosotros pagamos la cuenta).

No sé, pero tengo buenas razones para reclamar, protestar y manifestarme. Por supuesto que con decencia, civilidad y sin violencia, al final lo principal es entender que el cambio comienza conmigo y con mi comportamiento en el día a día y en las pequeñas cosas. Es necesario evitar la hipocresía a toda costa, es verdad.

¿Seguirá protestando? Sí, después de la protesta por el derecho de sentirme ciudadano, porque por hora todo lo que siento es que estoy siendo engañado, gobierno tras gobierno. Y me interesa actuar, a través de mucho voluntariado, proyectos de educación como éste y con la creación de empresas. Hacer más también es protestar.

Protesta, pues, para sentirme un brasileño de verdad, respetado por eso y orgulloso de construir y usufructuar del potencial que poseemos como nación. ¿Y tú, protesta por qué? ¿Protestaría por qué? Deje su comentario aquí y también en Twitter – Soy @Navarro allí. Hasta la próxima.

Foto: divulgación.

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