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Hacia la economía brasileña: después del sol, la lluvia

Rumos da economia brasileira: depois do sol, a chuva Dicen que en la vida, así como en la dinámica económica, luego de las tempestades viene la bonanza; y que lo inverso también es cierto. Honestamente, no sé si la sentencia tiene algún fundamento y, aparentemente, no hay lógica alguna en su raciocinio. Por desgracia.

Observen a Haití, por ejemplo. Después de décadas de holocausto socioeconómico y absurdos políticos, precisamente cuando las iniciativas internacionales comenzaban a generar alguna luz (incluso apagada) al final del túnel, como resultado de los esfuerzos de pacificación y saneamiento general, la naturaleza, que no entiende nada de economía o política, se resolvió hacer presente, castigando a una nación ya tan castigada con un terremoto sin precedentes. ¿Hay lógica en eso? Ciertamente no.

Pero, dejando de lado lo que algunos pensadores bautizan como el efecto de la «miserable condición humana», que insiste en jugar contra el imponderable, al ocaso y sus vicisitudes, recuerdo el lector de que algunos eventos son, evidentemente, previsibles. Y es en ese contexto que la sentencia presentada al comienzo del texto tiene sentido.

En los últimos tiempos, vivimos el sol donde, sostenidos por el avance de las commodities y por el desarrollo del mercado interno, firmamos resistencia a los efectos del vendaval financiero de 2008, observando una retumbante reanudación del crecimiento a lo largo de los dos últimos años, contribuyendo así a consolidar creencia en nuestro destino hacia el olimpo de las naciones desarrolladas.

No faltan algunos eventos y certificaciones convincentes: recomendación de inversión por parte de las agencias de calificación de mayor prestigio en el mundo (el así – llamado grado de inversión), elevación al séptimo nivel de la economía mundial, el descubrimiento de grandes reservas de petróleo, la adhesión de una capa de población significativa a la clase media y el reconocimiento de un sistema financiero (de hecho) sólido.

El problema es que el calor del sol entorpece y trae cierta pereza.
De tantos rayos solares, nuestro querido Brasil se acostó en la tumbona y, entre un bostezo y otro, cochiló. Mientras soñaba con su protagonismo creciente en el concierto de las naciones, cayó en el sueño y se descuidó. No ha dejado de ser una economía esencialmente extractivista, no se ha enjugado la fatiga burocracia notarial-institucional, no ha aplicado choques de gestión y eficiencia a la máquina gubernamental.

Dejó de lado el proceso educativo, no sólo para aquellos que luchan por la oportunidad de tener el mínimo de instrucción, sino también para aquellos que se preparan para instruir. Poco invirtió en ciencia y tecnología, se olvidó de realizar inversiones en infraestructura y mantuvo su engranaje tributario de forma tan caótica como siempre estuvo.

Entonces, gradualmente, el sol se sentía desperdiciado, subutilizado y desapareció, triste y decepcionado. En su lugar surgieron algunas nubes y, con ellas, algunas molestias: cambio sobrevalorado, inflación recostada en la cima de la meta y una industria asustada, perdiendo espacio y divisas para otras naciones.

Otras naciones que no se acomodaron en la tumbona y que durante el sol lucharon y luchan para convertirse en potencias en productividad, desarrollo tecnológico y científico. Pragmáticas, se protegieron del sol, pues no querían ser ofuscadas por su luminosidad.

Lo interesante es que incluso observando que de él se protegen, el sol allí permanece, feliz y satisfecho. Él es histérico y huye de aquellos que fácilmente lo aceptan. Vamos a torcer (y trabajar) para que él vuelva o al menos que no nos abandone por completo. Si regresa de una vez, podamos romper la tostadora y seguir trabajando.

Hasta el próximo.

Foto de sxc.hu.

4.8
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