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Cuando la falta de divergencia empobrece (lo que explica mucho nuestra situación)

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Por Victor Sarfatis Metta, una pareja de Rosenthal y Sarfatis Metta abogados, Master en Derecho Tributario de la PUC-SP y escritor Brasil Plataforma Editorial.

Noto que los debates sobre cualquier tema son cada vez más difíciles hoy en día. Quería divagar un poco sobre el por qué. Vamos a ver.

Toda posición que tenemos sobre cualquier asunto se deriva en gran medida de la información que tenemos al respecto. Si dos personas no tienen una buena dosis de identidad entre esa información, cualquier debate es imposible. No vale la pena ni intentar.

Así, si el tema es conflicto israelo-palestino, y una de las partes es alguien que conoce la historia en cuestión en sus detalles, que lee todo lo que puede al respecto, y el otro es alguien que sólo conoce del asunto por los titulares de los periódicos , será muy complicado llegar a un denominador común.

Al final, el primero tiene, en tesis, ciencia de una serie de cuestiones que el segundo ni imagina existir, pues «compró» las conclusiones listas (bastante similares entre sí, por cierto). Olavo de Carvalho llama a este horizonte de la conciencia, es decir, el límite del conocimiento de una persona sobre un tema. Por supuesto que no puede actuar acerca de lo que desconocen.

La información que tenemos viene de varias fuentes. La mejor de todas es la obtenida por el estudio del tema, por medio de fuentes primarias ya la luz de la propia percepción crítica, en conjunto con las visiones de diversos autores – siempre que no piensen todos en la misma línea.

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Parece algo de investigador, pero en realidad no es algo tan complejo. Leer varios periódicos y autores independientes, de diversas líneas, a lo largo de algún tiempo, ya basta para adquirir una buena visión del asunto.

Sin embargo, son raros los que tienen la paciencia, o real interés sobre algún asunto, a punto de dedicarse tanto a su entendimiento. Además, las personas en general no les gusta leer algo que las desagrade (una visión opuesta a su preferida).

Las formas más comunes por las que las personas adquieren información son vía la llamada «grandes medios» (periódicos y TV), y son justamente las peores, justamente porque ya vienen «masticadas» y caben en un espacio muy pequeño, con ilustración, título y diversos subtítulos hechos para que la materia en sí no necesite ni siquiera ser leída en su totalidad.

Además, sería inocencia no reconocer la cantidad de intereses ejerciendo presión para que el contenido divulgado tienda para determinados lados. Justamente por ser concentrada en pocas manos, la gran media brasileña es bastante homogénea en sus posicionamientos, siendo un bello foco de desinformación.

Vale aclarar: en lo que respecta a los medios de comunicación, la mentira es algo que viene de una fuente notadamente parcial o que usted no confía. Si viene de una que usted confía, la mentira se convierte en desinformación. El desinformado cree que sabe sobre un tema, pero no sólo lo ignora, como cree en lo contrario de lo real. Es el peor tipo de ignorante, pues ignora hasta ese estado.

En los tiempos actuales, a nadie le gusta mostrar el desconocimiento. Todos aparentemente necesitan tener una opinión formada. Este chantaje del «compromiso social» obligatorio, sumado a los medios sociales, contribuye mucho a la proliferación de conocimiento superficial, cuando no falso.

Uno de los argumentos más comunes cuando una persona se encuentra con algo que no es consciente de la argumento de la ignorancia: «Nunca he oído, entonces seguramente no» es la primera línea de defensa para aquellos que ignoran un sujeto.

La segunda es llamar la razón de la discusión de «teoría de la conspiración», que suena como «jaque mate» en la cabeza de quien lo profesa, pero que es sólo insinuar un argumento, no refutarlo. La tercera es burlar al propio proponente de la idea con alguna pecha que evoque un sentimiento bien negativo, como «preconceptuoso», «racista», «cualquier cosa-fóbico», «fascista», etc.

En realidad, estas artimañas raramente significan algo real, pero pasan una imagen muy mala que paraliza intelectualmente el otro lado, que se queda defendiendo de esos supuestos crímenes y olvida defender su punto de vista. Resultado? La cuestión en debate plantea el escenario y su defensor es que pasa a ser cuestionado.

Después de eso, si se dice algún insulto personal, es porque el ofensor ya está en pánico. Después de todo, el engaño es aquello que la persona suelta cuando perdió la capacidad de contra argumentar. Es bastante común al proponer las siguientes ideas:

  • Las elecciones de 2014 en Brasil fueron fraudadas («teoría de la conspiración!»);
  • ¡Cuánto más armas en circulación en un país, menos crímenes («absurdo, vendría al oeste!»);
  • A partir de cierto punto, cuanto mayor sea la carga tributaria, menos se recauda («neoliberal!);
  • El Estado es el perpetuador de la mayor parte de los males que él se propone a resolver («anarquista insensible!»);
  • La política de inmigración europea traerá graves males al continente («racista, fascista!);
  • La solución de dos Estados en el conflicto israelo-palestino es un mito («radical, extremista!»).

Son todos temas que pueden ser comprobados de forma bien objetiva – al menos hasta el punto de dejar serias dudas en la mente de quien discrepe. Y aun así son bastante ignorados por la población en general, que cuanto más «informada» por los grandes medios, más cree en los mitos opuestos.

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Así, antes de debatir, entiendo que es mucho más productivo exponer el otro lado a los hechos en los que usted se basa, no yendo directo a las conclusiones. El problema es que esto lleva tiempo, y raramente alguien que discrepa de lo que usted dice tiene algún interés real sobre el tema a punto de informarse de verdad al respecto (a qué pereza).

Foto «Disagree», Shutterstock.

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