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Brasil, economía y política: la lucidez gana fuerza

Brasil, economia e política: a lucidez ganha força Por Gustavo Chierighini, fundador de Plataforma Editorial Brasil.

Queridos lectores, hoy dejaré el tono ácido de las críticas que muchas veces he sostenido en el sentido de provocar reflexiones a cerca de la política económica, para reconocer que tenemos lo que celebrar. En medio del complejo proceso económico que vivimos y al asombro en observar una economía en casi pleno empleo e inflación aún medianamente controlada (pero que teima en no acercarse más al centro de la meta), tenemos lo que celebrar.

Pero, por favor, sin ufanismos, trompetas o bravatas, pues sabemos cuánto esta fiesta sale caro, además de acabar pronto. Todo pasa por la vieja y buena constatación de la obvia lógica rural. En resumen: sólo se cosecha lo que un día fue plantado.

Sólo poseemos un sector bancario fuerte porque en el pasado hubo el empeño para salvarlo de un colapso, seguido de fuerte control reglamentario. Nuestro mercado de capitales sigue una ruta de crecimiento maduro porque las instituciones que lo fiscalizan son fuertes y el marco regulatorio claro y bien estructurado.

Corea del Sur produjo una verdadera revolución educativa en menos de quince años porque el esfuerzo político caminó aliado al interés privado en la formación de mano de obra de excelente capacitación. Y por ahí va…

En los últimos tiempos, después de pequeñas partes bloodproud, la creencia ciega en el apogeo de Brasil (reforzada por algunos artículos de portada en la prensa internacional), nuestra sociedad, poco a poco, comienza a aterrizar con los pies en el suelo. En mi modesta opinión, es ese el momento más especial, cuando el significado de construir alcanza su ápice, motivado por la simple constatación de que no hay otras salidas.

Es especial, pues nos fuerza a la maduración, nos trae la resaca que nos hace pensar en los excesos de las festinhas y conmemoraciones. Y, con eso, poco a poco, observamos la conciencia colectiva creciendo, cediendo espacio para un censo crítico cada vez más agudo, donde los viejos dogmas pierden fuerza en beneficio de un deseo de construirse con solidez.

En la estela de este movimiento, nace la conciencia del ciudadano contribuyente, que tiene por derecho y obligación cobrar el debido retorno de sus tributos en servicios de calidad e inversiones estructurales que pavimenten el crecimiento.

Y así avanzamos, gradualmente atentos y ciosos del fortalecimiento de las instituciones, gradualmente negando el exceso de burocracia y la tutela del estado grande, pero aplaudiendo modelos gubernamentales servidores y eficientes – que, en lugar de masacrar con su tamaño y omnipresencia, ceden lugar al prodigio emprendedor a través de nuevas soluciones o incluso con privatizaciones y concesiones de lo que se sabe incompetente para administrar.

Más que todo esto, viene el sentido de urgencia para transformarnos en una economía realmente moderna. Economía que puede muy bien beneficiarse de la fuerza económica circunstancial -y estratégica- que nuestra riqueza mineral garantiza, pero de ojo en el futuro.

No podemos, como nación, renunciar a un modelo económico dotado de alta productividad, operado por elevada y cada vez más capaz profesionalización y fuerte desarrollo científico-tecnológico.

Por fin, nada como una platea atenta a un PIB pegado en el suelo e indiferente a los ministros halterofilistas. ¿Dónde vamos a llegar? Juntos, lo sabremos. Abrazos y hasta el siguiente.

Foto de sxc.hu.

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