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10 hechos para tener en cuenta en el cambio económico de Brasil

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Por Gustavo Chierighini, la plataforma editorial Editorial Brasil.

Estimado lector, iniciaré este artículo con una afirmación retórica, débil, pero en mi entendimiento muy bien contextualizado al escenario que estamos enfrentando: Una forma de diluir el costo del revés es la enseñanza que produce. No, no es autoayuda, no quiero motivarte a nada. Es simplemente la pura realidad.

Sería una visión muy miope del sector productivo conducirse por el autoengano de que fue víctima de una matriz económica (esa misma, la famosa «nueva matriz económica») que se probó inviable.

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A fin de cuentas, Brasil no es una dictadura y ni de lejos nos acercamos a las maluquitas autoritarias capaces de anular las instituciones – que se diga de paso, aunque imperfectas, funcionan y funcionan; nuestra prensa no fue callada y el protagonismo no fue anulado – antes de eso, se anuló.

En los últimos años, observamos, con honrosas excepciones, una clase productiva desprovista de liderazgos, seducida por retóricas desarrollistas que no se sostenían. Quietinha, tierna, a veces ansiosa por la próxima canetada proteccionista, pero siempre esperanzada por la nueva iniciativa estatal, por la nueva ordenanza.

Con el tiempo, la esperanza se fue transformando en agonía, la ansiedad en miedo, el futuro en una calle oscura, sin luz en el horizonte.

En ese contexto, alguien podría afirmar que la influencia estatal en Brasil es tan sobrepujante que no hay otra doctrina a seguir. Sin embargo, sabemos que eso no es verdad y que no siempre ha sido así. Pero, sobre todo, sabemos que un sádico no existe sin su masoquista predilecto.

El resultado está ahí. Economía en declive, infraestructura desfasada como nunca antes se vio, productividad en caída libre, competitividad inexpresiva, nuevo gobierno entrando en acción y una nueva doctrina económica que se impone.

Con este escenario surge una nueva conciencia empresarial, una nueva comprensión de las relaciones de causa y efecto, una lucidez que parece haber venido para quedarse. Entonces, como forma de torcer por un futuro más próspero y una economía más fluida, siguen algunos votos:

  • El estatismo es una fábrica de incompetencias;
  • El silencio de la clase productiva ante su propio deterioro es un atentado contra la confianza de los inversores;
  • No es posible aceptar en Brasil cualquier elevación de la carga tributaria. Ya hemos alcanzado el absoluto agotamiento;
  • El ambiente de negocios necesita reglas claras, regulando sólo lo necesario. No es posible convivir con el tumulto burocrático y con la inseguridad jurídica que se nos impone;
  • Una doctrina económica que ve con desconfianza la clase productiva de un país no merece crédito;
  • Los campeones nacionales deben ser fruto de competitividad, capacidad e ineditismo tecnológico, pero jamás la resultante de proyectos estatales de financiamiento;
  • Cuando el sentido crítico económico desaparece, suele llevar en la grupa los beneficios y dividendos que podrían estar siendo distribuidos;
  • La gente seria no juega con inflación o equilibrio fiscal;
  • La clase productiva es la gran generadora de la recaudación pública. Es deber de ella cobrar, presionar y fiscalizar por fundamentos económicos serios.

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Por último, una doctrina siempre valida, un bono: ovacionar un gobierno, sea cual sea, siempre es un comportamiento peligroso. Simplemente porque el exceso de aplausos suele generar pereza en el aplaudido. ¡Vamos adelante!

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